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Hace casi un año que no escribo aquí. Ni siquiera había vuelto a entrar
desde la última vez que lo hice, y al hacerlo el otro día, descubrí que apenas
ya nadie escribe aquí, y que, dondequiera que vaya, hay esta cosilla llamada footprints
que va a dejar constancia de todos mis movimientos. Luego, rastreando y
curioseando por livejournal, voy y me encuentro con un montón de nombres
conocidos. Tránsfugas. Tránsfugas todos.
Me gustaría poder contar algo productivo para empezar, así que veamos. Me
queda un año menos para acabar la carrera –y, consecuentemente, un año menos
para tener algo de dinero y posibilidades de hipotecarme y cosas por el
estilo–, he conocido algunas personas interesantes, y, lo más importante, he
abandonado algunos vicios muy malos.
En este último año he leído bastante, he estudiado un poco y he escrito
apenas nada, ni en castellano ni en catalán. Lo último fue el premio de relatos
de mi facultad, y ni siquiera entonces escribí: me limité a recuperar un viejo
relato que tenía ya escrito. Escribir ha sido siempre mi ejercicio para
recuperar el sosiego, mi punto de reencuentro con la tristeza o la alegría que
siento cuando no escribo, la transformación de ideas y sentimientos que
fácilmente se desenredan de mi mente y se vuelven palabras. Últimamente no es
sosiego, sino irritación e inseguridad lo que siento cuando abro el Word
e intento teclear unas líneas. La pantalla en blanco es un espejo, donde la
frustración mía es el vacío en ella. No tengo palabras para rellenar tanto
espacio. Mis ideas están flojas, como movidas por un oleaje, y el constante
ruido de mis pensamientos impone un silencio sórdido en mi imaginación.
A estas alturas ya no puedo engañarme pensando que tengo vocación para la
medicina, no hay tal vocación, no está ahí ni lo ha estado nunca. Si pudiera
volver al principio, no escogería esta carrera. Exige de mi cerebro y de mis
fuerzas un sacrificio que nunca he estado dispuesta a aceptar, y hacer las
cosas al ralentí me produce hastío.
Los que seran médicos de verdad, que ahora son estudiantes responsables y
esforzados, salen del hospital y hablan de los pacientes interesantes que han
visto, de las enfermedades raras que se han comentado en la sesión clínica; se
van después de comer a la biblioteca, hacen tres horas de estudio y salen a
tomar un cortado. Vuelven a la biblioteca, hacen tres horas más, y cuando
llegan a casa repasan los temas de los seminarios de la mañana siguiente. En
los seminarios de las ocho responden a las preguntas del profesor, porque
estudian y saben los detalles que él quiere que sepamos. Después del almuerzo
son los primeros en ponerse la bata e ir a la consulta, al quirófano, a la
sala, y lo hacen con ganas. Allí, aunque los médicos los ignoren como
obstáculos móviles en los pasillos, ellos son tenaces, los persiguen y los
acribillan a preguntas sesudas para ganarse su respeto; se quedan hasta pasadas
las dos si les dejan lavarse en el quirófano para aguantar una pinza, hacer un
cortecito, suturar una incisión, poner una sonda. Por la tarde será vuelta al
estudio, y hay mucho que hacer, y por la mañana el médico especialista hablaba
de ese síndrome raro que hay que investigar, y de las terapias nuevas que decía
el residente que preguntan mucho en el MIR. Se requiere mucha, mucha energía
para todo eso, y una buena dosis de pasión por el tema. Si no, acabas siendo un
espectro con bata, como yo.
Yo. La mayoría de veces, apago el despertador y me quedo dormida. Tomo el
tren tan tarde que no llego al seminario de las ocho. En el almuerzo siempre
hay tiempo para un segundo café y más conversación. En la sala he perdido todas
las ganas de hacer notar mi presencia: si el médico responsable pasa de mí, me
voy a mirar el correo electrónico o a fumar un pitillo. Muchas veces salgo del
hospital, con los sufrimientos ajenos pegados a la piel, y no quiero oír la
palabra enfermo al menos hasta la mañana siguiente. Como mis menús fríos de
fiambrera en el claustro de la facultad, con los amigos, o leyendo una novela
en un banco de la misma calle del hospital, viendo pasar médicos, enfermeras y
estudiantes en bata blanca. Después de comer me muero por meterme en un cine, o
en un café, o irme a dar una vuelta por el centro. Dos días a la semana estoy
matriculada a una asignatura de la facultad de filología, que está en el
edificio donde Carmen Laforet estudió y situó muchas partes de su novela Nada.
Mis compañeros de filología se admiran cuando les digo que estoy en medicina,
dicen que sí, que ya se me nota cierto aire médico. Yo sonrío y no digo nada.
Miro sus libros y escucho sus conversaciones, y deseo cosas, en silencio.
Deseo no tener que entrar nunca más en ningún hospital.
Deseo poder estar en casa con un te y un ordenador y lluvia fuerte al otro
lado de la ventana, para pensar y escribir las cosas que me pasan por la
cabeza.
Deseo... no desear tanto.
Bueno, pues eso. Que voy a volver a escribir por aquí día sí día no, cuando
pueda, cuando esté de buen o mal humor, inspirada a ritmo de teclas, o
aborrecible y pesimista como una ameba, como es el caso de hoy.
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No recuerdo quién me preguntaba ayer que cuáles eran mis propósitos para el año nuevo.
Pues sólo uno: ser un poco más yo misma.
Estoy cansada de fingirme dura e insolente. Tengo que ser siempre la más zorra, la más cínica, la que más se atreve a todo; la que caza al chico que está más bueno y no tiene remordimientos en entregarse (¿si ellos lo hacen, por qué nosotras no?) sin pensar en el día siguiente; demostrar, en definitiva y constantmente, que mi lema es que la vida es tan corta que hay que aprovechar cualquier oportunidad sin sensiblería ni reflexiones innecesarias, aunque me queme.
Últimamente ni siquiera tengo la necesidad hormonal de flirtear, lo hago por puro deporte: miradas, sonrisas, roce mientras bailamos muy cerca; y entonces cuando intentan besarme aparto la cara suavemente y sin dar explicaciones, besos no, por favor; y ellos sobreentienden lo que sea y no preguntan nada. Yo ya he cumplido: he abrazado un cuerpo que quería abrazarme y he sido deseada por alguien, y aunque no lo volveré a ver (porque no le daré mi número de teléfono) he tenido lo que he querido y cuando lo he querido, y eso es lo más importante y en realidad lo único que me importa.
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No tengo nada que decir ni escribir, que ya es triste de por sí; y lo que es más triste, tengo mucho que estudiar. Así que, a falta de inspiración en el presente, transcribo el único post que se salvó de la quema de mi otro blog, y que encontré ayer limpiando mi carpeta del ordenador.
Espero que vengan tiempos mejores, literariamente hablando, pero también en general...
A los que escriben
Porque quien escribe siempre deja en la tinta (o en el teclado) una parte de su alma, aunque no sea del todo sincero o preciso al hacerlo; sus palabras son como huellas en un camino solitario. Huellas no siempre fáciles de rastrear, camino nunca recto ni firme, pero a pesar de todo, huellas que invitan a buscar, a resolver los misterios, a penetrar en la fortaleza más infranqueable; y camino certero hacia un corazón tembloroso en su coraza.
Porque quien escribe sufre, por naturaleza, y a veces por gusto. Sufre y después escribe de nuevo, escribe desde el delirio, y los gritos silenciosos de sus párrafos no puede arrancarlos el llanto ni construirlos el más audaz de los sueños. Y aun en el sufrimiento, quien escribe persevera, enredadas siempre las alas en su existencia tumultuosa, y vive persiguiendo sueños y niebla, aferrado a cualquier atisbo de belleza, buscando la manera de volar más alto y más lejos, temiendo siempre los callejones sin salida, la rutina, el desengaño.
Porque quien escribe suele callarse, y escuchar en la penumbra, y ver pasar sus pensamientos que se mueven sigilosos, entre bambalinas, antes que hablar ligeramente y ofrendar su corazón al público desde un escenario que es, con creces, demasiado grande para él. Porque quien escribe se pone mil máscaras distintas para perdernos, pero nunca consigue engañarse a sí mismo.
Porque quien escribe merece que le recuerden que cada vez que se ahonda en sus cavernas y se atreve a contarlo se hace un poco más fuerte, para todos los que escriben, escribo yo esto ahora. Para ellos, que no tienen miedo, pero necesitan esperanza.
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¿Por qué huevos me tomo tan en serio a mí misma y a mis paranoias?
Esta noche voy a salir, voy a pasarlo bien con las amigas y a bailar hasta que no pueda más. Y veré la preciosa sonrisa de mi jugador de baloncesto, que parece que no está tan desinteresado en mí, y le diré que bueno, si algún día quiere ir a tomar un café...
Las cosas pueden ser tan sencillas si me esfuerzo, o si me pongo El Canto del Loco con ese optimismo travieso suyo o el Mr Jones de Counting Crows, como ahora mismo.
Que la noche apenas ha empezado, que no vale la pena mortificarse, y además como ya dije (o escribí) una vez I wanna be someone who believes...
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